Comunicaciones ArquiMérida

Misas de Aguinaldo: la fe que despierta a Mérida cada diciembre

ed

Visitas: 1

Entre el 15 y el 24 de diciembre, con cantos, pólvora y villancicos, los merideños acuden cada madrugada a los templos parroquiales para participar en las misas de aguinaldos, una tradición venezolana aprobada por el Vaticano en 1888

Prensa Arquidiócesis de Mérida

(19-12-2025) Son las 5 de la mañana; las campanas de las iglesias merideñas empiezan a sonar, anunciando a los feligreses que la misa está por empezar.

En San Rafael de Mucuchíes, considerado como el pueblo más alto de Venezuela, la temperatura roza los 0 grados centígrados. El frío de las madrugadas merideñas hace parte de la tradición.

Cientos de feligreses, con bufandas, chaquetas, ruanas, guantes y gorros, se reúnen para participar en las misas de aguinaldo y en las novenas que recorren los nueve días previos a la Navidad.

En esta pequeña comunidad del municipio Rangel, las misas inician el 15 de diciembre y terminan el 23. Además, el 24 se recorren las principales calles del pueblo, para buscarle posada a José y María, quienes están a pocas horas de traer al mundo al Niño Dios. Esta tradición se extiende a lo largo y ancho de la geografía arquidiocesana.

Para Flor Rivera, habitante de Timotes, municipio Miranda, las misas de aguinaldo son la representación de un tiempo de preparación para esperar al Niño Jesús y “para que él nazca en nuestros corazones (…)”.

En esta comunidad, enclavada en pleno páramo merideño, las misas de aguinaldo se realizan desde el 16 hasta el 24 de diciembre.

“Yo tengo aproximadamente 30 años asistiendo a las misas de aguinaldo en mi comunidad (…) me motiva mi fe. He crecido en una familia católica, con valores y tradiciones que han ido creciendo y transmitiéndose de generación en generación (…) escuchar las campanas, los villancicos, los versos al Niño Jesús, ese compartir después de las misas, me hace sentir muy venezolana; siempre ofrezco las novenas con una intención personal, y participar en las misas durante la madrugada, lo tomo como un pequeño sacrificio que hacemos por ese gran amor que tiene el Señor por cada uno de nosotros”, comenta Flor.

Las misas de aguinaldo en Mérida no solo despiertan a los feligreses con pólvora y campanas, también avivan recuerdos y emociones compartidas.

Cada feligrés aporta su propia vivencia, desde la nostalgia de la infancia hasta la esperanza renovada en medio de las dificultades. Esa diversidad de voces refleja cómo la tradición sigue viva y se adapta a cada generación, convirtiéndose en un espacio donde la fe se entrelaza con la identidad cultural.

Yolimar Roa, quien vive en la parroquia Juan Pablo II de El Molino, municipio Sucre, las misas de aguinaldo van más allá de ser solo una tradición; “es un despertar de fe y de esperanza (…) en cada misa, en cada madrugada sentimos esa unión y fraternidad que nos caracteriza como cristianos y, además, que nos recuerda que el nacimiento de nuestro salvador está cerca”.

Cada testimonio revela cómo esta celebración se vive de manera distinta. Para algunos es nostalgia, para otros, compromiso comunitario. En todos los casos, la madrugada se convierte en un escenario de fe compartida que prepara el corazón para la Navidad.

“Las misas de aguinaldos son el momento perfecto para reunirse en la fe con la familia, con la comunidad, con los amigos; pero, además, es un regalo que nos da Dios para celebrar la venida del Salvador hecho hombre (…) significa celebrar en unión la dicha de compartir la Navidad con nuestros seres queridos”, afirma Ronald Verdi, habitante de la parroquia Perpetuo Socorro, de Sabaneta, municipio Tovar.

Esta diversidad de relatos muestra que las misas de aguinaldo siguen siendo un puente entre generaciones. Lo que comenzó como un privilegio eclesiástico hoy se mantiene como una costumbre que fortalece la identidad cultural y espiritual de los merideños.

Tan tradicional como la misa de aguinaldo es el compartir que se hace una vez finalizan, donde, con apoyo de la comunidad, de choferes, de comerciantes, de grupos de apostolado y de todos quienes cumplen el rol de organizadores de la eucaristía, preparan para los asistentes.

Un café, un chocolate caliente o un trozo de pan no solo contrarrestan el frío de las madrugadas, también se convierten en símbolo de hermandad, de amor al prójimo y de una fe tan grande e inquebrantable como las montañas de la cordillera andina.