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“No queremos que se vean como nuevas. Queremos que se vean como lo que son: piezas con historia”: Carolina Carrero
Prensa Arquidiócesis de Mérida
(13-03-2026) En una sala silenciosa, lejos de la mirada habitual de los fieles, varias imágenes religiosas descansan sobre mesas de trabajo. Algunas conservan rastros de hollín en el rostro; otras exhiben pequeñas fracturas o dedos ausentes. Son huellas de décadas, de fe, devoción y contacto humano.
Allí, en el taller de conservación de la Catedral de Mérida, comienza una labor paciente que busca algo más que restaurar esculturas: rescatar una parte viva de la memoria de la ciudad.

Carolina Carrero, junto al profesor Carmelo Bastidas, coordina este espacio creado especialmente en medio del proceso de rehabilitación del principal templo merideño.
El taller nació con un objetivo claro: atender las imágenes que, además de ser piezas artísticas e históricas, siguen cumpliendo su función original dentro del culto.
“Son obras de arte, sí, pero también son imágenes de devoción. Están en culto activo y son muy importantes para la colectividad”, explica Carrero.
Un diagnóstico antes de tocar la historia
Antes de que una imagen llegue al taller, el proceso comienza dentro de la propia catedral. Allí un equipo especializado realiza un diagnóstico minucioso: documenta su estado de conservación, describe su iconografía y registra su valor histórico, artístico y social.
Ese primer examen también permite identificar las patologías más frecuentes: fracturas, quemaduras, repintes o la presencia de xilófagos (insectos que se alimentan de la madera). En algunos casos incluso ha sido necesario recurrir a radiografías para comprender la estructura interna de las piezas y planificar su traslado.

El descenso de algunas esculturas ha sido una operación compleja. Las figuras del retablo del Santísimo, entre ellas San Pedro y San Pablo, permanecían a más de diez metros de altura, cerca del techo y de los vitrales. Bajarlas implicó diseñar un sistema de andamios y cálculos de ingeniería que permitieran manipularlas sin riesgo.
“Había que calcular el peso de la imagen, el de las personas que estarían en la estructura y garantizar que todo fuese seguro. Luego se diseñó un embalaje especial para trasladarlas al taller”, recuerda Carrero.
Muchas de estas esculturas datan de principios del siglo XX. Algunas, como las del retablo, tienen fecha de 1914; otras podrían ser incluso anteriores. El problema es que la documentación histórica es escasa. En ocasiones, una pequeña placa de donación o una inscripción en la base se convierte en la única pista sobre su origen.
Paradójicamente, los daños más frecuentes no provienen del paso del tiempo, sino del amor de los fieles. Las manos que acarician las imágenes en busca de consuelo, las flores que se colocan como ofrenda o las velas encendidas a sus pies dejan marcas inevitables.

El humo del pabilo y el hollín se depositan lentamente sobre la superficie de las esculturas. A veces las llamas alcanzan la base de madera y provocan quemaduras.
“Es difícil decirle a un feligrés que no toque una imagen. Forma parte de la relación devocional. Lo que buscamos no es impedirlo, sino crear conciencia”, explica Carrero.
La mayoría de las esculturas de la catedral están hechas de madera recubierta con yeso y policromía. Ese tipo de material es particularmente vulnerable al contacto, la humedad y las variaciones de temperatura.
Un trabajo de paciencia y ciencia
Una vez en el taller, comienza una intervención meticulosa. Primero se realiza una limpieza mecánica en seco con pinceles suaves y aspiradoras de baja potencia para retirar polvo acumulado durante años.
Luego llega una segunda etapa: la limpieza acuosa. Con agua destilada y soluciones químicas cuidadosamente probadas, los restauradores eliminan capas de suciedad sin dañar la policromía original.
Cada intervención se registra con precisión. Se anotan los productos utilizados, los métodos aplicados e incluso los experimentos que no dieron resultado. El objetivo es que futuros restauradores sepan exactamente qué se hizo con cada pieza.

Ese principio forma parte de una de las reglas fundamentales del taller: la reversibilidad. Todo lo que se añade debe poder retirarse en el futuro sin afectar la obra.
Otro principio es el respeto a la originalidad. Si una imagen fue concebida con un gesto particular o una imperfección, esa característica se conserva. Lo que sí se elimina son las intervenciones incorrectas realizadas en el pasado, como repintes que ocultaron los colores originales.
El tercer criterio es el respeto al valor de antigüedad. Las esculturas no se restauran para que parezcan recién hechas, sino para que recuperen su estabilidad y su lectura estética sin borrar las huellas del tiempo.
“No queremos que se vean como nuevas. Queremos que se vean como lo que son: piezas con historia”, resume Carrero.
Colores que nacen en el taller
Uno de los aspectos más singulares del proyecto es la elaboración artesanal de los pigmentos. La profesora Natacha Rojas, especialista en color, crea mezclas con sustancias naturales que permiten reproducir con precisión los tonos originales.
Los pigmentos se aplican con aglutinantes que permiten retirarlos posteriormente con agua destilada. De esa manera se garantiza que cualquier intervención futura pueda modificarlos sin dañar la obra.
En el taller se construyen literalmente las paletas de color de cada escultura, buscando matices que se integren de manera armoniosa con la policromía histórica.
Mucho más que un edificio
El proceso de restauración de la Catedral de Mérida ha puesto sobre la mesa una idea que a menudo pasa desapercibida: el patrimonio de un templo no se limita a su arquitectura.

La catedral está hecha también de retablos, vitrales, murales y esculturas que conforman un universo simbólico inseparable de la vida religiosa y cultural de la ciudad.
“La catedral no es solo la piel del edificio”, reflexiona Carrero. “Es todo lo que está dentro: las imágenes, los vitrales, la historia, la fe de la gente”.
Ese conjunto constituye uno de los símbolos más importantes del patrimonio cultural venezolano. No solo por su escala arquitectónica, sino por la memoria colectiva que encierra.
Un legado para el futuro
El trabajo en el taller no terminará con la restauración de las piezas. Paralelamente, se desarrolla un plan de gestión patrimonial que permitirá orientar su conservación en el futuro.
El documento incluirá protocolos de limpieza, manipulación, registro e inventario de las obras, además de recomendaciones para evitar intervenciones improvisadas.
También se estudian alternativas para reducir el impacto de las velas y mejorar la iluminación sin alterar la dinámica religiosa del templo.
La meta es simple y ambiciosa al mismo tiempo: que las imágenes puedan seguir acompañando la vida espiritual de los merideños durante muchas décadas más.
“Todo esto se hace pensando en el futuro”, dice Carrero. “Es el legado que dejamos a nuestros hijos y a nuestros nietos”.
Mientras tanto, en el silencio del taller, las esculturas recuperan lentamente su dignidad original. Cada pincelada, cada limpieza y cada registro escrito forman parte de una tarea mayor: devolverle a la ciudad una parte esencial de su memoria.