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Pbro. Dr. Ramón Paredes Rz
Jesús decide hacer un gesto que refiere un amor hasta el extremo: De hecho, no implica ningún riesgo. ¿Qué tiene de extremo ponerse a lavar los pies? ¿Cómo puede quedar contenido en una toalla y en un lebrillo un amor sin límites? ¿Y cómo un gesto tan sencillo puede ser considerado tan sublime?
Esta acción exterior visibiliza el interior de Dios, su ser y su esencia más profunda (cf. Mc 10,45).
Jn 13,1-5 en paralelo con Flp 2,5-11: el Altísimo se hace bajísimo.
“Quitarse el manto” de Jn 13 corresponde al despojarse de su condición divina de Flp 2. Como correlativo a “ceñirse la toalla”, tenemos el “adoptar la condición de siervo”. Y por último, el “agacharse” para lavar los pies a los discípulos corresponde al “se abajó”, “se humilló” (o literalmente se hizo bajito).
En el texto de Filipenses, estas tres acciones vienen precedidas por una frase que da el tono y aporta la clave de lectura: “…, precisamente porque era de condición divina”, es decir, no es “a pesar de”. Lo propio de Dios no es retener, sino desnudarse; adopta la condición de siervo y se hace hermano. Se le reconoce no porque aparezca como un Dios Altísimo, sino porque se hace bajísimo. De igual manera, habría que leer el lavatorio de los pies, precisamente porque nos ama hasta el extremo; se quitó el manto, se ciñó una toalla y se puso a lavar los pies.
Se quitó el manto (1er acto)
“Quitarse el manto” equivale a despojarse de la condición de maestro. En cierto modo, corresponde al “desnudarse”, al “vaciarse” de Flp 2. El Hijo de Dios “no se aferra celosamente”. Todo lo contrario: “se vacía”, “se desnuda” de su atuendo divino, se desviste de su indumentaria (y con ello su condición divina) y entra desnudo al mundo. Dios no necesita protegerse con su poder. No se defiende haciendo uso de su autoridad. No se esconde tras su curriculum de Dios. Se suelta de manos, se desnuda; no nos tiene miedo y acampa entre nosotros desprotegido. El objetivo de vaciarse, de despojarse de su condición divina, es claramente hacerse hermano, asumir la condición humana, adoptar la carne; Fratelli tutti. Así pues, hacerse hermano es equivalente a hacerse siervo.
Se ciñó en una toalla (2.º acto).
El Señor se quita el manto y se ciñe una toalla; esta acción no es una acción exótica o puntual, ni tampoco un simple postureo, sino la acción que mejor visibiliza quién es Dios.
Ceñirse la toalla es adoptar la condición de siervo. No la condición de quien va por la vida dando rodeos, evitando a los caídos de la historia, sino cargándolos y llevándolos a buen puerto (cf. La parábola del samaritano: Lc 10,29-37). Lo propio de los siervos es cargar con el trabajo que otros no quieren hacer. Es el que se dispone a ayudarnos a cargar con nuestros defectos, nuestras rarezas, nuestras durezas. Esto solo lo hace un siervo. La solidaridad del siervo es la solidaridad de Dios, es aprojimarse, es cargar. Y cargar es dejarse tatuar por el dolor del otro hasta quedar herido.
Ceñirse la toalla no consiste en un simple cambio de indumentaria; se trata de todo un programa de vida, el programa del que “no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida por muchos” (Mc 10,45), del que oferta perdón, del que cura, del que acepta cargar con el sufrimiento del otro y ser tratado como un pecador desahuciado, como un leproso (cf. 2Cor 5,21; Gal 3,13).
Ceñirse una toalla significa, entonces, el que asume ser contagiado y deja que el dolor del otro lo percuta y lo tatúe hasta deformarlo. En esa toalla y en ese lebrillo (vasija de barro) se ve nítidamente quién es Dios. Dios es fundamentalmente hermano, es por esencia fraterno, prójimo, Emmanuel, servidor de todos. Dios nos convence no a fuerza de autoridad, sino a fuerza de toalla y lebrillo y de amarnos hasta la extenuación y hasta el extremo, hasta morir por nosotros (cf. Mt 8,17).
Se puso a lavarle los pies (3er acto).
En este tercer acto el Altísimo se hace bajísimo. No es tan solo una acción, es una forma de posicionarse en la vida; desde abajo, desde dentro, desde cerca. Es la misma lógica de la Encarnación como también la lógica de la semilla: caer en tierra para dar fruto. Esto es desde abajo, desde dentro.
Si dirigimos la mirada a la mesa de la Última Cena y buscamos el lugar de quien la preside, está vacío, porque el Maestro se halla agachado, enzarzado a lavar los pies de los discípulos. Dios así llega hasta el extremo. Nadie como él ha bajado tanto ni desde tan alto. Su amor ilimitado traspasa cualquier distancia, cualquier convención social, cualquier barrera; con tal de salvar la lejanía, Jesús cruza todos los límites. Su amor hasta el extremo salva todas las distancias hasta llegar a la cruz y ser considerado un delincuente.
El Altísimo es en realidad un Dios que se hace, por opción, bajísimo.
Al final de esta acción, ¿han entendido lo que yo he hecho por ustedes? (Jn 13,12)
En el contexto del Lavatorio de los pies, Pedro no entiende; no quiere consentir que Jesús le lave los pies. Y eso que ante la pregunta de Jesús: ¿Quién dicen ustedes que soy yo? Pedro da una respuesta perfecta: “Tú eres el Mesías? (Mc 8,29).
¿Realmente lo hemos entendido? ¿Realmente hemos entendido quién es Dios? ¿Realmente hemos entendido ese gesto como lo más expresivo de lo que es ser un Dios prójimo y hermano? ¿O simplemente ha quedado como una acción curiosa que rememoramos cada año por el Jueves Santo? ¿Realmente hemos entendido a Jesús? ¿Cómo se traduce esto en una Iglesia samaritana, hospital de campaña, en salida hacia las periferias existenciales? Una Iglesia en diaconía, servidora de los pobres.
Por eso, el Jueves Santo debemos mirar “bien por dentro” esta acción si queremos entrar de lleno en el corazón de quién y cómo es Dios.
¡Bendecido Jueves Santo, hermanos!