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Pbro. Ramón Paredes Ramírez / pbroparedes3@gmail.com
El tema de la Pascua
«Que el que ama al Señor se alegre en esta fiesta de gozo. Que el siervo fiel se regocije en la alegría de su Señor. El que ha esperado este día con penitencia, reciba su recompensa. El que ha trabajado desde la primera hora, reciba hoy el salario que le corresponde; el que ha venido después de la tercera, se alegre dando gracias; el que ha venido después de la sexta, no tema: no habrá castigo; el que se ha demorado hasta la novena, venga sin vacilar; el que ha venido a la undécima, no piense que ha llegado demasiado tarde. Porque el Maestro es bueno; acoge a los últimos como a los primeros; concede descanso al trabajador de la undécima hora como al primero; se apiada de los últimos y recompensa a los primeros… Entrad todos en la alegría del Señor, recibid vuestra recompensa; ricos y pobres, bailad juntos… Estad todos en la alegría” (Juan Crisóstomo siglo IV).
Con este himno a la alegría, en la segunda mitad del siglo IV, Juan Crisóstomo exhortaba a los creyentes a celebrar la Pascua con la certeza de que todos -nadie excluido- pueden cantar la vida en este día. Porque la muerte es patrimonio de todo hombre, nuestra verdad más temible, pero la Pascua es la certeza gozosa de que Dios ha entrado -de una vez por todas- en el reino de la muerte. Ninguna derrota será ahora decisiva, ningún fracaso final, ningún llanto para siempre. Toda vida, grande o pequeña, sublime o mezquina, esperanzada o desilusionada… está ahora llena de esperanza.
Primera lectura: Hechos 10,34a.37-43
Resumiendo la obra de Dios realizada en Jesús de Nazaret, el autor de los Hechos la presenta como una obra de liberación: «Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret, que anduvo haciendo el bien y curando a todos los que estaban sometidos al poder del diablo, porque Dios estaba con él». Es interesante observar que el verbo utilizado por Lucas para hablar de los hombres «sometidos al poder del diablo» es el mismo que se repite en el libro del Éxodo (en los LXX) para describir la condición de esclavitud del pueblo de Dios bajo el faraón: «los egipcios sometían a los hijos de Israel a trabajos agotadores» (1,13). La sumisión a quien es «homicida desde el principio» encuentra siempre expresiones históricas que manifiestan el poder destructor del pecado.
La Pascua se erige como la impugnación radical de esta maldad encarnada en la historia. En la Pascua, el pasado, el presente y el futuro de la historia de la salvación emergen como acontecimientos de liberación y vida nueva. En una hermosa página del Targum se lee la liberación de Dios inscrita en cuatro noches, como si dijéramos que la noche ya no es noche cuando es atravesada por Dios: «La primera noche, cuando YHWH se manifestó al mundo para crearlo: el mundo era confusión y caos y las tinieblas se extendían sobre la superficie del abismo y la palabra de YHWH resplandecía… En la segunda noche, cuando YHWH se apareció a Abraham ya centenario, para cumplir lo que la Escritura había dicho… e Isaac tenía treinta y siete años, cuando fue ofrecido sobre el altar, los cielos se bajaron y descendieron, e Isaac vio las perfecciones… La tercera noche, cuando YHWH se apareció a los egipcios, en la oscuridad de la noche… y su diestra protegió a los primogénitos de Israel… La cuarta noche, cuando el mundo llegó a su fin para ser disuelto. Los yugos de hierro se romperán… y el Rey Mesías vendrá de lo alto…: es la noche de la Pascua por el nombre de YHWH».
Este significativo texto targúmico y la liberación traída por el Mesías Jesús -mencionada en el libro de los Hechos- expresan maravillosamente el sentido de la fiesta de hoy, porque la Pascua es la liberación de todos los hijos de los hombres -y de la creación misma- de todo poder que humilla y desfigura, que subyuga y tiraniza. Del poder del diablo, dicen los Hechos, subrayando que la salvación ofrecida por Dios ciertamente no puede limitarse a cambiar el exterior, como si se tratara sólo de obtener algo más y algo mejor. No, una salvación que se limitara a preservar o cambiar las condiciones sociales no sería digna de ese nombre, porque no respondería a la verdad de Dios y a la verdad del hombre.
Y sin embargo, para que no vivamos como alienados en un mundo sacudido por la injusticia y el dolor, hay que decir que la salvación del poder del diablo concierne a la vida humana, en todos sus componentes: espiritual y físico, personal y relacional. La Pascua es el don de la plenitud, acertadamente expresado por el término hebreo shalom, bien pascual por excelencia. Allí donde la enfermedad postra al hombre, donde el hambre le atormenta, donde la precariedad hace incierto el futuro, donde triunfa la injusticia… se desgarra la salvación. Las liberaciones humanas no son ajenas a la salvación de Dios, pues no se puede ser creyente a costa de la tierra.
La salvación de Pascua es la liberación del hombre en su totalidad. El hombre pascual es creador de justicia donde reina la opresión, de perdón donde reina la venganza, de relaciones fraternas donde reina la laceración… La Pascua es el establecimiento de la lógica de Dios como medida de vida. Así lo atestigua todo el vocabulario de la salvación, que, tanto en el Primer Testamento como en el Nuevo, se aplica a la liberación de la enfermedad y el peligro, a la plenitud física, psíquica y espiritual. Lo atestigua sobre todo la conciencia mesiánica de Jesús y la percepción que de ella tienen los primeros testigos: lleno del Espíritu Santo, Jesús pasó entre los hombres restaurando la armonía del cuerpo y del espíritu, reintegrando a los excluidos, acercando a los condenados, restableciendo relaciones verdaderas y justas… Ésta es la Pascua del Señor.
El Evangelio: Jn 20,1-9
El relato joánico de los acontecimientos del primer día de la semana -con la carrera de María Magdalena hacia los discípulos y de éstos hacia el sepulcro donde había sido depositado el Señor- alcanza finalmente su meta cuando «el discípulo a quien Jesús amaba» entró en el sepulcro, «vio y creyó». El discípulo amado, por tanto, corrió, pero su prisa tenía un sentido, una meta. El hombre apresurado de hoy corre el riesgo de correr y correr sin una meta. Se entrega al ready-made, a la consumación inmediata. Marcado por la aceleración, la fragmentación y el apresuramiento, el ser humano se asemeja al hombre proskairos / de un momento, incapaz de construir -o reconstruir- una historia, con esfuerzo y perseverancia, sin caer continuamente en la tentación de partir, acelerar o adelantar. «No tengo tiempo» se ha convertido en una consigna cotidiana, signo de un profundo malestar. La falta de tiempo hace estériles muchas relaciones: es la esterilidad del «no tengo tiempo» y del «todo y ahora».
La Pascua es el tiempo de Dios en los días del hombre. «Enséñanos a contar nuestros días» (Sal 90) significa precisamente eso: encontrar nuevas posibilidades en el devenir cotidiano del tiempo. La Pascua es el encuentro con la novedad de Dios, que pone fin a nuestra agotadora búsqueda del sentido de la vida. En el nuevo día que amanece, estamos llamados a identificarnos con el discípulo amado, que, después de tanto correr, «¡vio y creyó!». Todos estamos invitados a detenernos, a recuperar la medida suprema de nuestra identidad, de nuestras relaciones. Estamos invitados a correr hacia Alguien, hacia un encuentro que dé sentido a nuestra prisa. El «todo y ahora» destruye la alegría de la espera, pero sobre todo la capacidad de ver esperanza dentro del manto de muerte que hemos construido y nos rodea. Al entrar en la tumba, el discípulo amado vio y creyó. Como él, debemos aprender de nuevo a mirar fijamente a la muerte para vislumbrar, entre las grietas de nuestro presente y de nuestra historia, la flor que brota inesperadamente, el capullo que nace, la semilla que crece.