Comunicaciones ArquiMérida

OREMOS CON LA PALABRA: REFLEXION EN EL DOMINGO DE RESURRECCION -ciclo c-

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Pbro. Cándido Contreras

La Iglesia católica celebra, hoy, el día más solemne de la fe: La Resurrección de nuestro Señor y Maestro quien entregó su vida por nuestra salvación; no fue una entrega cualquiera, sino que se rebajó hasta ser ejecutado, crucificado, como un subversivo político. Dios, en su misterio trinitario, para demostrarnos cuánto nos ama, asume sobre sí todo el odio y la violencia del mundo, acepta el rechazo, el abandono, la burla y el fracaso, para demostrarnos que es el Dios de la infinita misericordia y que “primero nos cansamos nosotros de pecar que Él de perdonar”.


La Resurrección del Señor, como nos lo han enseñado a lo largo de los siglos, es un hecho histórico que va más allá de la historia; los conceptos y las palabras humanas, son limitados y nunca podrán expresar qué sucedió en aquel glorioso instante y qué sucederá cuando los creyentes, por la gracia del Resucitado, participemos, con Él, de ese maravilloso evento. Los evangelistas dejan constancia, por escrito, el testimonio de quienes vieron, con sus ojos mortales, al Resucitado que vive para siempre. Las mujeres, discípulas del Maestro, que primero fueron al sepulcro, y luego los apóstoles, afirmaron, con pleno convencimiento, que habían visto que el Crucificado estaba vivo. No nos dicen cómo, ni sus palabras son explicativas del evento. Todos ellos dan un testimonio de fe, esperanza y amor.


El primer relato de la Resurrección, que nos trasmite el evangelio de san Juan, y que hoy meditamos en la liturgia, nos habla del desconcierto de María Magdalena que interpreta el sepulcro vacío como si alguien se llevó el cuerpo del Señor; el otro discípulo y Pedro, al encontrar vacío el sitio, donde fue depositado el cadáver crucificado del Maestro, dieron un paso en la fe y creyeron que Él, resucitó de entre los muertos.
Si bien nuestra profesión de fe la mantenemos a lo largo de los siglos, seguimos haciendo un esfuerzo mental y afectivo para asumir este misterio. Las duras realidades de la vida, la falta de coherencia en la vida de algunos creyentes, el sentir la lejanía y el silencio de Dios, entre otras muchas dificultades, hacen que la Buena Noticia de la Resurrección quede tan opacada que ya ni es Buena y mucho menos Noticia. A nivel general es repetir lo mismo año, tras año.


Si bien el primer grupo de creyentes cambiaron radicalmente su estilo de vida, luego de haber hecho la experiencia de relacionarse personalmente con el Resucitado, con el pasar del tiempo, solo un pequeñísimo grupo de creyentes siguen viviendo intensamente, y como novedad, el gran misterio de la fe; la mayoría seguimos caminando en esperanza y aunque nuestra experiencia religiosa no se guía por las emociones, nuestra fe nos sigue ayudando a seguir adelante en el testimonio, procurando tratar lo mejor posible a nuestros semejantes.


La cultura en la que nos movemos se ha convertido en una pesada piedra que tiende a sofocar todo intento de fraternidad y solidaridad; hoy es difícil remover la piedra de la indiferencia religiosa que se ha impuesto en nuestra sociedad. La religión cristiana, en su vertiente católica, es más objeto de críticas que de opción de vida. El facilismo y la inmediatez atentan contra la esperanza y contra la perseverancia en el bien obrar. Sin embargo, el Resucitado está vivo y seguirá viviendo por toda la eternidad. Los creyentes, aunque debilitados por las contradicciones inherentes a esta opción vital, seguiremos adelante proclamando con nuestras palabras y obras que Jesucristo está resucitado y sigue presente en las comunidades cristianas. El Resucitado ha vencido para siempre la muerte y nosotros somos sus testigos. ¡Aleluya!

ORACION EN EL DOMINGO DE RESURRECCION -ciclo c-

Señor Jesucristo, Crucificado y Resucitado,
presente en la Iglesia hasta el final de la historia,
te damos gracias por haber vencido la muerte
y con ella, el odio, la violencia y la retaliación.

Muchas piedras se acumulan en nuestra vida
y atentan contra la fe, la esperanza y el amor.
La indiferencia religiosa crece a pasos agigantados
y sentimos titubear nuestra convicción
que, creyendo en Ti, seremos vencedores.

Ayúdanos, Señor Resucitado, a vencer
el miedo, la cobardía y la inseguridad,
que como vendas apretadas
quieren sofocar nuestra esperanza.
Ayúdanos a saber interpretar
los diferentes signos de tu Presencia
y a proclamar sin miedo, cada día,
¡Es verdad, el Señor ha Resucitado! ¡Aleluya!