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Pbro. Cándido Contreras
Cada celebración dominical es un encuentro personal y comunitario con el Señor Resucitado; cada creyente hace una experiencia del amor del Señor y es invitado a compartirla, de una forma u otra, con las demás personas. Las lecturas de este tercer domingo de Pascua pueden resonar, este año, como una oración para que, los cardenales electores, disciernan quién es la persona idónea para ser el nuevo Obispo de Roma, el nuevo Papa, “servidor de los servidores de Dios”.
La aparición que nos narra en su último capítulo, el cuarto evangelio, nos presenta al Resucitado sirviendo a sus amigos. Simón Pedro, junto a otros apóstoles, están en su trabajo habitual; han retornado a Galilea y diera la impresión que han retomado el antiguo trabajo. Pero, para el Señor Resucitado son los amigos elegidos para ser testigos; los busca nuevamente y se presenta como un anfitrión que les ha preparado la primera comida del día.
Como en otras apariciones, en un primer momento, ni sus amigos más cercanos reconocen al Crucificado Resucitado; meditando este trozo del evangelio, desde esta óptica, pienso que a todos nos cuesta reconocer al Señor viviendo con nosotros; nos cuesta reconocer su presencia respetuosa, silenciosa y servicial. Son muchas las personas que nos facilitan la vida y en cada una de ellas está el Resucitado, sirviéndonos con alegría y sencillez.
Dejando aparte las razones por las cuales, al parecer, Simón Pedro junto a otros apóstoles, están en el lago de Galilea realizando su antiguo trabajo, es interesante ver cómo el Señor Resucitado busca a sus amigos para servirlos y ayudarles a tener éxito. Encuentro que el Maestro que les lavó los pies en la Última Cena no tiene inconveniente en prepararles la comida; Él con su ejemplo nos enseña a ser incansables en servir a nuestros semejantes.
Luego de la escena del compartir la primera comida del día, el texto del evangelio nos presenta el particular diálogo que sostiene, el Resucitado, con Simón Pedro. La pregunta del Maestro “¿me amas más que estos?”, resuena en cada corazón creyente. Siempre nos sentiremos interpelados por el texto del Deuteronomio 6,4-5: “Escucha, Israel: Yahveh nuestro Dios es el único Yahveh. Amarás a Yahveh tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza”. El Señor nos pide amarlo y no cesa de repetirnos esa invitación; amarlo a Él como respuesta generosa al amor que nos ha manifestado.
La reiteración de la pregunta, por tres veces, puede tener diversas explicaciones; la más común es que Pedro luego de haberlo negado tres veces puede reiterarle que, a pesar de eso, sí lo ama. El texto nos indica que a la tercera vez que le pregunta el Resucitado sobre si en verdad lo ama, Pedro se entristece y, a mi modo de ver, de forma desgarradora le contesta: “Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero”. Esta sentida respuesta se puede convertir en cada creyente en una pequeña oración para repetirla cada día, quizá muchas veces al día. Como nos enseñaba el Papa Francisco, hace mucho bien utilizar esa forma de oración.
Por último, es importante subrayar que el amor al Señor Resucitado se debe expresar “pastoreando”, cuidando, a los hermanos. El Obispo de Roma, el Papa, está llamado a ser servidor de todos los creyentes católicos; él debe ser ejemplo de amor incondicional al Maestro, en medio de su fragilidad; pero cada católico, en el mundo, está llamado a ejercer su trabajo diario como un servicio a los demás. A través de nuestra actividad diaria el Resucitado se hace presente a los demás, sin que se sepa que es Él quien está sirviendo. Todos los creyentes estamos invitados a servir con alegría a nuestros semejantes para que el amor al Resucitado cambie el mundo y la historia.
ORACION EN EL TERCER DOMINGO DE PASCUA -ciclo c-
Señor nuestro Jesucristo Resucitado,
Divino Servidor de la humanidad,
con tu Palabra y ejemplo nos enseñas
que el amor a Ti lo expresamos
en el amor servicial a nuestros semejantes.
Queremos darte gracias
porque no cesas de “aparecerte”
en nuestras labores cotidianas;
gracias porque nunca dejas que fracasemos;
gracias porque conviertes en triunfos
nuestros aparentes contratiempos e inconvenientes.
Señor nuestro Jesucristo Resucitado,
Divino Servidor de la humanidad,
Tú sabes todo, Tú sabes que te amamos.
No siempre logramos hacer bien las cosas;
muchas veces, como Simón Pedro,
en vez de confesar que te conocemos
negamos, con nuestras obras,
que eres nuestro Señor y Maestro.
Perdona nuestros miedos y cobardías.
Danos valor y creatividad
para cuidar con ternura
a las personas que pones
bajo nuestro cuidado. Amén