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LA SOLEMNIDAD DE CRISTO REY DEL UNIVERSO: Se enraíza en un momento pivotal de la historia eclesial

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Departamento de Liturgia / Prensa Arquidiócesis de Mérida

(23-11-2025) La Solemnidad de Cristo Rey, que celebraremos este domingo 23 de noviembre de 2025, en un mundo donde las noticias nos bombardean con guerras, injusticias y presiones diarias, desde el estrés laboral hasta las redes sociales que nos hacen sentir reyes de nuestras propias vidas, esta fiesta nos invita a detenernos y preguntar: ¿Quién es realmente mi Rey? No se trata de un rey lejano en un palacio, sino de Jesús, cuyo trono es la cruz y cuyo poder es el amor. A lo largo de este artículo, exploraremos juntos el origen histórico de esta celebración, su riqueza litúrgica y, sobre todo, cómo podemos vivir su mensaje en nuestra cotidianidad. Empecemos con una pregunta: ¿Cómo imaginas el reino de un rey verdadero?

Un poco de historia…

Imaginemos el mundo de hace un siglo: Europa salía de la Gran Guerra, con millones de muertos y ciudades en ruinas. En medio de ese caos, el Papa Pío XI, en 1925, instituyó la Solemnidad de Cristo Rey con su encíclica Quas Primas. ¿Por qué? Para recordarnos que, ante los males crecientes como el comunismo y el fascismo que prometían reinos humanos basados en el poder y la fuerza, hay un Rey verdadero: Jesucristo, que reina con justicia y misericordia.

Después del Concilio Vaticano II, en 1969, Pablo VI la movió al último domingo de noviembre, enfatizando su dimensión escatológica: no es solo historia pasada, sino promesa de un reino eterno que ya comienza aquí. Juan Pablo II, en su homilía de 1979, lo explicó así: La solennità di Cristo Re… apre la prospettiva di un regno che non è di questo mondo, ma si forma nel mondo e nella temporalità. Hoy, en 2025, con el Papa León XIV guiando a la Iglesia, esta fiesta nos habla directamente: en tiempos de crisis globales como el cambio climático o la desigualdad, Cristo Rey nos llama a rechazar falsos reinos, el del dinero, el del ego, y a construir uno de paz.

Significado teológico: Cristo como rey universal

El corazón de esta solemnidad radica en la doctrina cristológica, que presenta a Jesús no como un monarca distante, sino como el Siervo Sufriente que reina desde la cruz.

El Nuevo Testamento revela la realeza de Jesús de manera paradójica. En el Evangelio de Juan (18,33-37), durante su juicio ante Pilato, Jesús afirma: Mi reino no es de este mundo. Esta declaración distingue su reinado del poder mundano, basado en la verdad y el testimonio del Padre. El Apocalipsis (19,16) lo proclama Rey de reyes y Señor de señores, mientras que en Lucas (1,32-33), el ángel anuncia a María que su Hijo reinará sobre la casa de Jacob para siempre. Estas imágenes bíblicas subrayan un reino eterno, espiritual y universal, que abarca cielos y tierra.

Teológicamente, el reinado de Cristo integra lo personal y lo colectivo. En lo individual, invita a la conversión del corazón, reconociendo a Jesús como Señor de nuestra vida diaria. Socialmente, implica la promoción del bien común: paz, justicia y dignidad humana. La Iglesia enseña que Cristo es Rey de la historia, guiando a la humanidad hacia la plenitud mesiánica. Esto se detalla en el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 671), donde se describe su reino como el Reino de Dios inaugurado en la Pascua y consumado en la Parusía.

Los símbolos litúrgicos, según el Catecismo de la Iglesia Católica

El color predominante es el blanco, que adorna las vestiduras del sacerdote (casulla, dalmática) y los ornamentos del altar. A menudo se combina con toques dorados para evocar esplendor real. Simboliza la gloria divina, la pureza y la victoria pascual de Cristo, diferenciándose del rojo de la Pasión para resaltar su realeza eterna. Como explica Pío XI en Quas Primas, la Iglesia saluda a Cristo como Rey y Señor en su liturgia anual, y el blanco refleja la armonía perfecta de esta alabanza. En el contexto de la fiesta, recuerda que el Reino de Cristo es de verdad y vida, de santidad y gracia, como proclama el prefacio propio. Durante la procesión de entrada, el blanco invita a la asamblea a entrar en la corte celestial de Cristo, contrastando con los reinos oscuros del mundo.

La cruz es el trono de Cristo Rey, y la corona de espinas su diadema, subvirtiendo las imágenes de poder mundano. Papa Francisco, en la clausura del Jubileo de la Misericordia de 2016, lo describe vívidamente: Su trono es la cruz; su corona es de espinas; no tiene cetro, sino una caña en la mano; no viste ropas lujosas, sino que es despojado de su túnica. Esto enfatiza la realeza paradójica: Cristo conquista por el amor, no por la fuerza, como en el himno de Colosenses 1,12–20.3. Efrén el Sirio, en sus himnos antiguos, lo interpreta como signo de que Cristo tomó la diadema del reino de la casa de David a través de las espinas.

El Santísimo Sacramento es el símbolo central: el pan y el vino consagrados se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, expuesto en una custodia real (a menudo dorada o con motivos de corona). En muchas celebraciones, especialmente en parroquias con tradición, culmina con una procesión eucarística alrededor de la iglesia o plaza, donde los fieles lo acompañan con velas, incienso y cánticos como Cristo Rey, de los reyes Señor. La elevación durante la consagración y la bendición final con el Santísimo enfatizan la sumisión al Rey, como súbditos que reciben su paz.

Se usa incienso generosamente durante la procesión de entrada, la elevación eucarística y la exposición del Santísimo. Múltiples velas blancas o doradas iluminan el altar y la custodia, simbolizando la luz del Rey. El incienso representa las oraciones del pueblo ascendiendo al Rey (Salmo 141,2); mientras la luz evoca a Cristo como luz del mundo (Jn 8,12) que disipa las tinieblas del pecado. En el CIC, estos elementos de la creación (fuego, humo) se integran en la liturgia para llevar la acción santificadora de Cristo.

Estos símbolos, tejidos en la estructura de la eucaristía, no solo adornan la celebración, sino que nos forman para vivir el Reinado de Cristo: un llamado a rechazar falsos poderes y a servir en justicia y paz. Como concluye el prefacio, este Reino se revela plenamente al fin de los tiempos, pero ya se hace presente en la liturgia. En su preparación para la fiesta, invita a los fieles a participar activamente, reconociendo en estos signos la invitación a ser co-reyes con Cristo en el mundo.

En un mundo de reinos pasajeros, solo el Reino de Cristo permanece para siempre.