Visitas: 0
Departamento de Liturgia / Prensa Arquidiócesis de Mérida
(28-11-2025) El Año Litúrgico es el ciclo anual que la Iglesia Católica organiza para celebrar los misterios de la vida de Cristo, desde su Encarnación hasta su Resurrección y Segunda Venida. Este año, 2025, el Año Litúrgico en el Rito Romano comienza con el primer Domingo de Adviento, que cae el 30 de noviembre, y se extiende hasta el final del Tiempo Ordinario en noviembre de 2026. El Adviento, como temporada inicial, invita a los fieles a una preparación espiritual profunda, marcada por la esperanza y la vigilancia.
El Año Litúrgico: Estructura general y significado
El Año Litúrgico no sigue el calendario civil, sino que se organiza en torno a los misterios de Cristo, fomentando una vivencia cíclica de la fe que renueva anualmente la experiencia pascual. Comienza con el Adviento y se divide en temporadas principales: Adviento, Navidad, Cuaresma, Pascua y Tiempo Ordinario. Su propósito es hacer presente la salvación de Cristo en la historia, permitiendo que los fieles participen en los eventos salvíficos a través de la liturgia.
En 2025, el Año Litúrgico corresponde al Ciclo A para los domingos (lecturas del Evangelio según San Mateo) y al Ciclo II para los días feriales. Esto asegura una progresión temática que culmina en la Pascua (20 de abril de 2025). El Adviento, como puerta de entrada, dura aproximadamente cuatro semanas y enfatiza la doble dimensión de la venida de Cristo: su nacimiento histórico en Belén y su retorno glorioso al final de los tiempos.
El Papa Benedicto XVI describió el Adviento como un tiempo de expectativa y esperanza, donde la liturgia nos lleva a reconocer la presencia continua de Cristo en la Eucaristía y en la vida diaria. Esta temporada invita a una conversión interior, recordando que el Reino de Dios está cerca (Mt 3,2), y a una alegría devota ante la promesa de salvación.
Origen e historicidad del tiempo de Adviento
El Tiempo de Adviento, que marca el inicio del año litúrgico en la Iglesia occidental, surgió como un período de preparación para la celebración de la Natividad del Señor, combinando elementos de penitencia, expectativa mesiánica y esperanza escatológica. Históricamente, no se puede determinar con certeza exacta su introducción, pero las evidencias apuntan a un desarrollo gradual desde el siglo IV, influido por prácticas de ayuno y sínodos locales, que evolucionó de un ayuno de cuarenta días a las cuatro semanas actuales. Esta temporada invita a los fieles a prepararse para el primer advenimiento de Cristo en la humildad de su nacimiento, su presencia en la Eucaristía y su segunda venida como Juez.
El Adviento no existió antes de la celebración de la Navidad misma, cuya fecha del 25 de diciembre se generalizó en la Iglesia hacia finales del siglo IV, aunque algunas comunidades la observaban el 6 de enero junto con la Epifanía. La preparación para esta fiesta no se documenta antes de esa época. Uno de los primeros indicios aparece en los Hechos de un sínodo celebrado en Zaragoza en el 380, cuyo cuarto canon prescribe que, desde el 17 de diciembre hasta la Epifanía, nadie podía ausentarse de la iglesia, lo que sugiere un tiempo de mayor asistencia litúrgica y preparación.
En el siglo V, se encuentran homilías, posiblemente de san Cesáreo de Arles (502–542), que mencionan una preparación antes del cumpleaños de Cristo, aunque sin evidencia de una norma general. Originalmente, el Adviento se concebía como un ayuno de cuarenta días, similar a la Cuaresma, comenzando el día después de la fiesta de san Martín (13 de noviembre), por lo que se le conocía como Cuaresma de san Martín o San Martín’s Lent desde al menos el siglo V. Esta práctica penitencial reflejaba la expectativa del Mesías y se inspiraba en el ayuno de Moisés y Elías en el Antiguo Testamento, así como en el de Jesús en el desierto (Mt 4,2). Varios sínodos locales en Galia y España regulaban ayunos durante este período: por ejemplo, el sínodo de Mâcon en 581 ordenaba que, desde el 11 de noviembre hasta la Natividad, se ofreciera el Sacrificio en lunes, miércoles y viernes según el rito cuaresmal; otros comenzaban el 15 de noviembre o incluso en el equinoccio de otoño.
En la Iglesia griega, no hay documentos antes del siglo VIII. Se observaba como un tiempo de ayuno y abstinencia desde el 15 de noviembre hasta la Natividad, aunque más tarde se redujo a siete días en algunas tradiciones. Un concilio ruteno de 1720 restauró la regla antigua. Los ritos ambrosiano y mozárabe no tienen liturgia especial para el Adviento, pero sí enfatizan el ayuno.
San Gregorio Magno (590-604) fue clave en la estructuración del Adviento: su colección de homilías comienza con un sermón para el segundo domingo de Adviento, y el Sacramentario Gregoriano provee misas para los domingos, inicialmente para cinco domingos, que se redujeron a cuatro por el papa san Gregorio VII (1073-1085).
En el siglo IX, la duración se acortó a cuatro semanas, como se menciona en una carta de san Nicolás I (858-867) a los búlgaros, y para el siglo XII, el ayuno estricto se reemplazó por simple abstinencia. En España, en 650, se celebraban cinco domingos, y algunas iglesias francesas mantuvieron cinco hasta el siglo XIII.
El Sacramentario Gelasiano nota cinco domingos, pero la norma de cuatro se estandarizó en Occidente. En el siglo VIII, el Adviento adquirió un carácter litúrgico más definido, con lecturas del profeta Isaías que denuncian la ingratitud de Israel y anuncian al Salvador sufriente. San Gregorio el Grande organizó procesiones, estaciones y rogaciones para integrar la sensibilidad popular en la liturgia, enriqueciendo la celebración de los misterios divinos sin perder el enfoque en la Pascua, aunque se expandieron fiestas como Navidad y Epifanía.
En Oriente, el Adviento (o preparación para la Teofanía en Navidad-Epifanía) tiene un carácter marcadamente mariano, con fiestas y rituales centrados en la Deípara, ya que todos los misterios marianos son cristológicos. Por ejemplo, en el rito copto se cantan las Laudes de la Virgen en los Theotokia, y entre los sirios se llama Subbara o Anunciación.
Significado e historicidad actual
La Iglesia, a través del Catecismo, explica que el Adviento actualiza la antigua expectación del Mesías, renovando el deseo de su segunda venida, uniendo a los fieles al precursor Juan Bautista: «Él debe crecer, y yo disminuir» (Jn 3,30). Papas como Juan Pablo II y Benedicto XVI han enfatizado su llamada a la vigilancia: ¡El Señor está cerca!, vinculando el inicio del tiempo de salvación con el fin de los tiempos.
Explicación detallada desde la tradición litúrgica
Lo que se hace: La tradición de Adviento, con raíces en el siglo IV (e.g., sínodo de Saragossa en 380), se centra en la preparación espiritual mediante signos que evocan la luz en la oscuridad. El violeta, usado desde el siglo XIII (reemplazando el negro), simboliza la penitencia y la realeza de Cristo que viene. La Corona de Adviento, popular en países germánicos y Norteamérica desde el siglo XIX, se bendice y enciende para recordar la historia de la salvación, integrando piedad popular con la liturgia sin alterar su estructura. Los cantos, como las Grandes Antífonas del Ó, invocan a Cristo con títulos mesiánicos (e.g., «O Emmanuel»), fomentando la oración comunitaria. En ritos, la omisión del Gloria (desde el Misal preconciliar) y el uso del O Antiphonae preparan el corazón para la Eucaristía como encuentro con el Redentor. La GIRM enfatiza la moderación en música y decoraciones para no expresar prematuramente la plena alegría de la Natividad. Esto se extiende a la Liturgia de las Horas, donde salmos como el 84 (Ps 84) se cantan para invocar la salvación.
Lo que no se hace: Para preservar el carácter penitencial, similar a una Cuaresma de Adviento en la tradición antigua (e.g., ayunos en el siglo VI), se evitan elementos festivos. La Catholic Encyclopedia detalla que no se colocan flores ni reliquias en altares durante Adviento, salvo excepciones, y el órgano se usa con moderación consistente con el carácter de la temporada. Prohibiciones como las misas nupciales datan del siglo XIII y se mantienen para evitar distracciones de la conversión (cf. Mt 3,2). Las velas deben ser de cera de abeja (al menos en parte mayoritaria) para simbolizar la pureza de Cristo, excluyendo materiales como la parafina. En la tradición, no se anticipa la Navidad con villancicos, ya que Adviento es tiempo de suspensión del Aleluya en algunos contextos antiguos, aunque se retiene en la Misa actual.
Estas prácticas, codificadas en el Misal Romano post-Vaticano II pero con raíces patrísticas, aseguran que Adviento sea un tiempo de espera –memoria y espera–, súplica para la venida de Cristo, integrando signos y ritos en la vida de la Iglesia.
En 2025, el Adviento nos llama a preparar el corazón para el Niño de Belén y el Rey glorioso, renovando la esperanza en medio de un mundo ansioso. Como dice el CIC, es un tiempo para sospirar con los Padres antiguos por la venida del Redentor. Invita a todos los fieles a vivir esta temporada con devoción, permitiendo que la liturgia moldee su fe.
“Esto es lo que quiere hacer el Señor en Adviento: hablar al corazón de su pueblo y, a través de él, a toda la humanidad, para anunciarle la salvación.”
Benedicto XVI