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Desde mi parroquia: Adviento 2025: Cristo es la esperanza que no defrauda

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 Por Padre Edduar Molina

(30-11-2025) Entramos al maravilloso tiempo de Adviento.  La Iglesia nos invita a renovar “la esperanza que no defrauda”; en el corazón de los creyentes el Señor toca las puertas y nos invita a abrirlas de par en par para dejar entrar su amor misericordioso.

Un Dios frágil nos llega en la pobreza de un pesebre, iluminado por su luz; quiere ser para nosotros salvación, vida y esperanza eterna. Él viene a nuestra vida para iluminarnos y permitirnos conocer mejor su Reino de amor, justicia y paz.

Este Adviento 2025 se une al jubileo que nos ha invitado a todos a ser “peregrinos de esperanza”, un llamado a encender las lámparas y llenarlas del aceite de la oración y de la escucha atenta del Señor que viene a traernos la paz en medio de nuestros torbellinos, a darnos la alegría que nadie nos podrá quitar en medio de tantas tristezas de este mundo, el bálsamo del consuelo que sana las más profundas heridas del alma; por eso en oración todos diremos: con el Señor todo es posible. ¡Ven, Señor Jesús! ¡Ven pronto!

En la tradición de la Iglesia, el primer domingo de Adviento marca el inicio del nuevo año litúrgico. La pedagogía de este tiempo se realiza en cuatro semanas de preparación y meditación; el objetivo es comprender y celebrar el profundo significado del Nacimiento del Salvador. Un tiempo propicio para la renovación, para profundizar nuestra relación con Dios, para buscar la conversión de nuestros corazones.

Este Adviento llega a nosotros en un año de guerras y amenazas mundiales para recordarnos la misión de ser instrumentos de paz, al igual que el pobrecillo de Asís: “Que allí donde haya odio, ponga yo amor;
Donde haya ofensa, ponga yo perdón; donde haya discordia, ponga yo unión; donde haya error, ponga yo verdad; donde haya duda, ponga yo fe; donde haya desesperación, ponga yo esperanza; donde haya tinieblas, ponga yo luz; donde haya tristeza, ponga yo alegría, Señor”.

El Adviento nos invita a reflexionar sobre la venida de Jesús, no solo su venida pasada hace 2025 años, sino esa presencia diaria que experimentamos cuando meditamos la Sagrada Eucaristía, cuando compartimos la fracción dominical del pan, cuando nos hacemos uno con el prójimo que sufre y padece necesidad. Así como también su venida futura, la Segunda Venida en gloria, que representa el cumplimiento del plan salvífico de Dios. Este tiempo litúrgico nos anima a cuestionarnos: ¿estamos realmente preparados para recibir al Señor en su gloria?

Esperar la salvación es mirar al hermano con ojos nuevos para establecer nuevas relaciones, para vivir y crecer juntos en el amor y la esperanza; es poner nuestras vidas en consonancia con la fe. Solo así nace la verdadera esperanza que no defrauda, que tiene su meta en el cielo, pero que ha de hacer resonancia en nuestra historia, en el vivir cotidiano.  Vivamos esperanzados para ser esperanza para los hombres y mujeres de nuestro tiempo que viven la soledad y la desesperanza.

Todos juntos tenemos que hacer el camino siendo familia solidaria en la que reine el amor y la fraternidad. Somos hijos del mismo Padre Dios. Peregrinamos con esperanza y ofreciéndola a los que nos rodean, especialmente a los pobres, enfermos, ancianos, presos y jóvenes, como nos lo señaló el papa Francisco en la Bula de convocatoria del Jubileo.

Adviento es una gracia que produce en el corazón un deseo de conversión, de arrancar de nosotros aquello que no viene de Dios y de hacer brotar las semillas del bien, la bondad, la belleza, el servicio, en definitiva, el amor. El Señor viene, el Señor está con nosotros.

En Venezuela necesitamos una fraternidad que nos una por encima de las diferencias y que estas no sean usadas para fragmentar, dividir o enfrentarnos más, sino para encontrar caminos de comunión basados en el amor por el otro.

Que el Adviento sea un tiempo propicio para promover la igualdad ciudadana, para renunciar a toda forma de autoritarismo y escucharnos con humildad y esperanza, cuidando a los más vulnerables, nuestros niños y ancianos.

 Es el momento que requiere el mayor esfuerzo para dialogar, con la sabiduría del diálogo que no defrauda, como nos enseña el Papa León XIV: “Dios permanece fiel por siempre a su diseño de amor y de vida; no se cansa de sostener a la humanidad incluso cuando repite los errores del pasado.