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Jornada Mundial del Enfermo 2026: “La compasión del samaritano: amar llevando el dolor del otro”

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Inspirados en la parábola del Buen Samaritano y bajo el amparo de Nuestra Señora de Lourdes, la Iglesia celebra este 11 de febrero la XXXIV Jornada Mundial del Enfermo. Instituida por San Juan Pablo II, esta fecha nos convoca este año 2026 a encarnar la compasión activa que propone el Papa León XIV. Desde la Iglesia Merideña, el llamado es claro: trascender la emoción para convertirnos en gestos concretos de sanación y compañía, reafirmando que la pastoral de la salud es, ante todo, una caricia de Dios en medio de la debilidad

Prensa Arquidiócesis de Mérida

(11-02-2026) La vida nos recuerda, a veces de manera inesperada, que somos frágiles. La enfermedad llega sin previo aviso, golpeando el cuerpo y, muchas veces, el corazón. En esos momentos, los miedos, la soledad y la incertidumbre pueden parecer abrumadores.

Pero la Iglesia, como madre atenta, no deja solos a sus hijos. Ella camina, vela y acompaña, recordando que nadie está separado del amor de Dios y de la comunidad creyente.

Por eso, cada 11 de febrero, la Iglesia universal celebra la Jornada Mundial del Enfermo, un día de oración, reflexión y cercanía con quienes sufren. Esta fecha fue instituida por san Juan Pablo II y coincide con el día de Nuestra Señora de Lourdes, patrona de los enfermos, símbolo de consuelo y esperanza para todos los que atraviesan pruebas de salud.

La Jornada nos recuerda que el dolor no es un lugar de abandono, sino un espacio donde la fe, la oración y la solidaridad pueden convertirse en auténticos signos de vida.

Para este año 2026, el Papa León XIV nos propone el lema: “La compasión del samaritano: amar llevando el dolor del otro”.

Inspirados en la parábola del Buen Samaritano, se nos invita a detenernos ante el sufrimiento del hermano, a no pasar de largo, sino a inclinar nuestro corazón y nuestras manos para acompañar, consolar y sanar. La compasión cristiana no se limita a la emoción: se traduce en gestos concretos, en presencia cercana, en escucha atenta y en servicio sincero.

La enfermedad no solo debilita el cuerpo; muchas veces toca el alma. La soledad, la ansiedad y el temor se vuelven compañeros silenciosos de quienes sufren. En estos momentos, la Iglesia se hace madre que acompaña, ofreciendo su cercanía a través de la oración, la escucha, la visita fraterna y los sacramentos.

Cada enfermo, cada persona frágil, es un hijo amado de Dios; y al estar cerca de ellos, la Iglesia muestra que Dios camina con nosotros incluso en la debilidad y el dolor.

Desde la Arquidiócesis de Mérida, invitamos a los fieles a vivir esta Jornada con un corazón dispuesto a la solidaridad y la oración. Orar por los enfermos, acompañarlos en sus hogares, hospitales o centros de atención, y apoyar a quienes los cuidan con dedicación y paciencia son gestos que transforman la vida de quienes sufren y fortalecen nuestra comunidad de fe. Cada acción, por pequeña que parezca, se convierte en un acto de caridad que refleja la presencia de Dios en medio del dolor.

La Iglesia se hace presente también a través de sus sacerdotes, diáconos, religiosas, religiosos y agentes de pastoral, quienes llevan la Palabra, los sacramentos y la atención pastoral a los enfermos y a sus familias. En cada hospital, en cada hogar donde hay dolor, la Iglesia se acerca con ternura y respeto, recordando que el amor y la oración son medicina para el alma.

Este día nos recuerda, además, que la enfermedad puede convertirse en un lugar de encuentro: encuentro con Dios, con los demás y con nosotros mismos. En la fragilidad, descubrimos la fuerza de la comunidad, el valor de la compasión y la presencia de Cristo que nunca abandona. Los momentos de sufrimiento pueden ser espacios donde la fe se profundiza, la esperanza se renueva y el amor se manifiesta en acciones concretas que transforman vidas.

La Jornada Mundial del Enfermo nos interpela a todos: a no pasar de largo ante el dolor, a ser verdaderos samaritanos de nuestra época, a hacer de la Iglesia un hogar donde nadie se sienta solo y donde la esperanza y el consuelo sean señales visibles de la misericordia de Dios. Que Nuestra Señora de Lourdes interceda por todos los enfermos, por sus familias y por quienes los acompañan, enseñándonos a vivir una compasión que sana, consuela y fortalece, y una esperanza que nunca defrauda.

En este 11 de febrero, recordemos que cada oración, cada visita y cada gesto de amor son semillas de esperanza que florecen en quienes sufren. La Iglesia está presente, está cerca, y nos invita a ser parte de esa misión: acompañar, consolar y hacer que la enfermedad se convierta, en medio del dolor, en un lugar de encuentro con Dios y con nuestros hermanos.