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De templo precario a símbolo urbano: la historia de la Catedral de Mérida

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La Catedral Basílica Menor Inmaculada Concepción de Mérida, erigida hoy como el principal símbolo arquitectónico y espiritual del estado, consolidó su estructura actual tras cuatro siglos de transformaciones que iniciaron en 1558. Desde sus orígenes como un precario templo de bahareque hasta la reconstrucción monumental dirigida por Manuel Mujica Millán en el siglo XX, el edificio representa la resiliencia de la sociedad merideña frente a las crisis económicas y los devastadores terremotos que marcaron su historia

Prensa Arquidiócesis de Mérida

(06-03-2026) En el corazón de la ciudad andina, frente a la Plaza Bolívar, se erige la Catedral Basílica Menor Inmaculada Concepción, una construcción que combina monumentalidad, historia y devoción.

Sin embargo, lo que hoy se contempla como un icono de la fe e identidad merideña no nació de la grandeza ni de la abundancia, sino de la precariedad y del esfuerzo constante de generación en generación. 

Autor: Anton Goering.
Publicado en Historia de la Fotografía en Mérida I 

Su historia comienza con un modesto templo de bahareque y madera, y se entrelaza con la vida de sacerdotes, vecinos y arquitectos que supieron convertir la necesidad en una obra de trascendencia.

Cuando Mérida fue fundada en 1558, la fe católica se manifestó en un templo frágil, construido con materiales disponibles: horcones de madera, techos de paja y paredes de bahareque.

No se trataba de un edificio pensado para perdurar, sino de un refugio espiritual que respondía a las necesidades inmediatas de la comunidad.

Como señalan Torres de Ruiz-Guevara (1994) y García Z. (1986), aquel primer templo “respondía más a la urgencia espiritual que a una vocación de permanencia”, reflejando las limitaciones económicas de la Provincia de las Sierras Nevadas durante el siglo XVI.

La precariedad no era exclusiva de Mérida. Duarte y Gasparini recuerdan que al cierre del siglo XVI “eran escasas las construcciones levantadas con criterios de solidez en el territorio venezolano, y ninguna Iglesia Mayor había sido concluida en forma definitiva, a diferencia de los grandes centros virreinales de Nueva España y Perú” (Historia de la Catedral de Caracas, p. 11).

Las primeras iglesias eran más un símbolo de fe que una obra arquitectónica sólida; dependían de las limosnas de vecinos y del esfuerzo personal de los sacerdotes.

El presbítero Antón de Lezcámez, primer sacerdote y vicario de Mérida, da testimonio de esta situación. En 1667 declaró haber costeado de su propio bolsillo ornamentos y el cáliz en una tierra que describe como “pobrísima” (Méritos y servicios de Antón de Lezcámez, Colección Mérida, T. 4).

Décadas antes, el Obispo de Caracas ya había advertido al Rey Felipe II sobre la precariedad de los templos en la Gobernación de Venezuela, señalando que la Catedral del Obispado “se encontraba en peligro de ruina” (Torres de Ruiz-Guevara, 1994).

La Plaza Mayor, el lugar de la fe y de la Iglesia Mayor: un sueño de solidez

El urbanismo colonial español confería a la Plaza Mayor un papel central como espacio de poder político y religioso. Mérida siguió este patrón: la ciudad se organizó como un tablero geométrico en torno a la plaza, concentrando los edificios más significativos, entre ellos la Iglesia Matriz, ubicada en la manzana sureste según planos de 1776 (Chueca Goitia y Torres Balbás, Planos de Ciudades Iberoamericanas, p. xv; Febres Cordero, Fundación de la ciudad de Mérida, pp. 7–20).

A pesar de su centralidad, la iglesia reflejaba la modestia constructiva de la época. Durante décadas, los feligreses asistieron a un templo limitado, donde cada reparación, cada ornamento, dependía de la generosidad de vecinos y sacerdotes. La fe debía sostenerse a pesar de los materiales frágiles y de los embates del tiempo y la naturaleza.

Cortesía: Archivo Arquidiocesano de Mérida.

Ante estas condiciones, en 1583, el Cabildo de Mérida decidió emprender un proyecto ambicioso: la construcción de una Iglesia Mayor. La obra fue financiada con aportes de vecinos, indígenas y recursos de la Real Hacienda del Nuevo Reino de Granada (García Z., “La Iglesia Mayor de Mérida”, Boletín de la Academia Nacional de la Historia, vol. LXIX). En 1595, los alarifes Juan de Leyba y Juan de Milla recibieron la adjudicación, mientras la carpintería quedó en manos del maestro Pedro de la Peña, vecino de Santa Fe.

Juan de Milla, oficial del capitán Juan de Maldonado, desempeñó un papel clave: exploró la región en busca de cal y materiales, y su apellido quedó inmortalizado en la zona alta de la ciudad conocida hoy como “Milla” (García Z., op. cit., pp. 1083–1085).

La nueva Iglesia Mayor adoptó como modelo la Catedral de Santa Fe de Bogotá, adaptando sus proporciones a las condiciones locales. Contaba con tres naves separadas por pilares octogonales de madera, coro alto, campanario a los pies de la nave central y presbiterio jerarquizado por un arco toral de 41 pies (Marco Dorta, Materiales para la Historia de la Cultura en Venezuela, pp. 59–63).

Tragedias y perseverancia

En 1785, bajo el episcopado de fray Juan Ramos de Lora, la Iglesia Parroquial de San José fue elevada a la categoría de catedral, pese a su deterioro.

Data de entre 1892 y 1894. Autor desconocido.

Durante las primeras décadas del siglo XIX, el obispo Santiago Hernández Milanés intentó levantar un templo definitivo comparable a la Catedral de Toledo, pero el terremoto de 1812 destruyó gran parte de Mérida y cobró la vida del propio obispo, dejando la obra interrumpida y los planos perdidos (El Vigilante, 1956).

Treinta años después, en 1842, el obispo Juan Hilario Bosset retomó el proyecto con visión más modesta. El 30 de junio se colocó la primera piedra y, tras años de esfuerzo, se consagró el 29 de diciembre de 1867 un templo funcional, estable, pero aún vulnerable a los embates del tiempo y de la naturaleza.

La historia también recuerda la generosidad del presbítero José de los Ángeles Cano, quien financió personalmente la techumbre y trabajó como albañil y carpintero hasta concluirla (El Vigilante, 1956). Su gesto revela que la catedral no solo fue obra de instituciones, sino también de corazones comprometidos con la fe.

El terremoto de 1894 dañó el presbiterio y obligó al obispo Antonio Ramón Silva a reconstruirlo y reforzar la torre con cintas de hierro. Las torres gemelas, culminadas en 1907 por el maestro merideño Lisímaco Puente, y la estatua de la Inmaculada, bendecida en 1908, permitieron consolidar la identidad visual del templo.

En 1944, una inspección reveló que la techumbre estaba gravemente deteriorada. El arzobispo Acacio Chacón Guerra decidió construir una catedral completamente nueva, conservando torres y parte de la fachada, bajo la dirección del arquitecto Manuel Mujica Millán, quien dirigió personalmente la obra desde 1946 (El Vigilante, 1956).

Una obra de memoria colectiva

La Catedral de Mérida no es solo un edificio, es el resultado de siglos de resistencia, fe y esfuerzo colectivo. Cada piedra, cada torre, cada pintura proyecta la historia de una ciudad y de una comunidad que perseveró frente a terremotos, guerras y dificultades económicas. Como señaló Picón Febres, la Catedral es “una institución forjada no solo frente a terremotos y ruinas, sino también frente a conflictos humanos, sacrificios personales y persistentes luchas históricas” (Picón Febres, El Vigilante, 1957).

Hoy, la Catedral de Mérida sigue siendo símbolo de identidad, cultura y espiritualidad, un testimonio de la resiliencia de quienes hicieron posible que la fe se materialice en monumento.