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MEDITEMOS LA PALABRA DE DIOS: Comentario a la Pasión del Señor

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Pbro. Dr. Ramón Paredes Rz

pbroparedes3@gmail.com

El tema del domingo

Un estudioso ha descrito los evangelios como «relatos de la Pasión con una amplia introducción». De hecho, nos sorprende el espacio que ocupan los dos días de la pasión y muerte de Jesús, en comparación con los años de su predicación. Sin embargo, paradójicamente, el misterio de la cruz se ha alejado de nuestro horizonte cristiano y, tal vez, también de nuestra enseñanza eclesial, proyectados como estamos hacia las obras socialmente útiles, el compromiso político… etc. No podemos prescindir de una comprensión profunda del significado de la cruz en la vida de fe y en la vida cotidiana, con sus abismos de tinieblas y de vacío, de inconsistencia y de abandono.

Una reflexión sobre la cruz de Jesús no significa, sin embargo, un «dolorismo» emocional o un sentido malsano de resignación ante el mal. La cruz de Jesús, tal y como nos la presentan los Evangelios, constituye el sentido profundo de la existencia humana, y es desde esta perspectiva desde la que debe leerse la Pasión según San Mateo.

El Evangelio: Mt 26,14-27,66

La cruz de Jesús nos dice, ante todo, que toda vida conoce la presencia de Dios en la experiencia del abandono y de la ausencia. Mateo (al igual que Marcos) habla de las tinieblas que cubrieron la tierra «desde la hora sexta hasta la hora novena» y del grito de Jesús, quien, a voz potente, exclamó: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Para el evangelista, pues, la pasión y muerte de Jesús es ante todo tiniebla y juicio. Jesús aparece solo y abandonado: ni siquiera Dios responde a su grito. En su persona experimenta la reprobación de los hombres, la traición de los amigos, pero también el abandono de Dios. Parece que se oyen los gritos de millones de hombres que preguntan, como él: «¿Por qué nos has abandonado?». Y he aquí que, de repente, cuando la vida ya se ha apagado y todo parece acabado, la voz de un centurión pagano proclama: «Este hombre era verdaderamente hijo de Dios». Un cambio de perspectiva radical, porque el acto de fe de un pagano da testimonio de que en aquel hombre condenado, en aquel hombre solo y abandonado, en aquellas tinieblas… habita Dios. Me viene a la mente el primer libro de los Reyes: «Dios quiso habitar en una nube oscura» (8,12). Esto significa que también las tinieblas dan testimonio de la presencia y la fidelidad de Dios, de su extrema solidaridad con el hombre.

La muerte de Jesús como un malhechor atestigua, por tanto, que el amor de Dios encuentra el camino para llegar hasta la muerte del culpable, y la muerte de Jesús como un hombre abandonado da testimonio de que el Amor no abandona al hombre ni siquiera allí donde este se desespera por el abandono de Dios. Si Jesús muere en un infierno de pecado y soledad, y si en ese momento Dios está presente, entonces significa que ningún infierno tiene el poder de dejar a Dios fuera de su puerta. Tal y como reza una antigua oración de la Iglesia ortodoxa: «Viniste a buscar a Adán a la tierra, pero no lo encontraste allí y entonces descendiste a los infiernos». Y, de hecho, en el Credo apostólico, profesamos: «Murió, fue sepultado, descendió a los infiernos y al tercer día resucitó». Ningún hombre podrá desesperar jamás del encuentro con Dios, aunque haya hecho de su vida un infierno. Dios mismo cruzará el abismo, porque no teme nuestros infiernos.

La Pasión de Jesús según San Mateo pone de relieve un segundo aspecto que aclara y profundiza el primero. Entre los evangelistas, es sobre todo Mateo quien presenta a Jesús eligiendo con total libertad el camino de la humillación porque responde al plan del Padre. La frase «hágase tu voluntad» —que Jesús pronuncia en Getsemaní— no es resignación ante los acontecimientos, sino elección del camino trazado por Dios, quien, incluso en la humillación suprema, muestra siempre su rostro de Padre: «Padre mío, si esto no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad».

Agustín afirmó que la alternativa radical ante la que se vio planteado el Hijo de Dios en su vida fue «el amor a sí mismo hasta el olvido de Dios o el amor a Dios hasta el olvido de sí mismo». En estas palabras se encuentra el sentido pleno de la cruz, que debe leerse desde la perspectiva del Hijo del Hombre «que vino a servir y a dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20,28). Ella revela el amor de un Dios que llega hasta el olvido de sí mismo para abrazar la causa del hombre.

La cruz, por lo tanto, desde la perspectiva cristiana, no es esencialmente una limitación, sino amor, solidaridad con las víctimas de la mentira y de la violencia humana, confianza en el poder de Dios, que se manifiesta en la impotencia de quien se deja crucificar por amor. Esto significa que es, ante todo, el signo del don de un Dios que no exige ni oprime, sino que salva al hombre haciéndose su hermano en la debilidad y en el pecado.

A Bonhoeffer le gustaba repetir que Dios nos ha salvado no en virtud de su poder, sino en virtud de su impotencia. La ética dominante está del lado del éxito personal y no de la cruz; el Evangelio, en cambio, pone en el centro de la vida el amor crucificado. Creer en este amor significa creer que, en nuestra vida cotidiana, existe otro orden de verdad.

La cruz muestra la otra cara de las cosas: nos dice que la victoria reside en la entrega y no en el éxito de los propios proyectos, y que la salvación del hombre no se fundamenta en el pedestal de la diplomacia o la sabiduría mundana, sino en la «piedra que los constructores han desechado». En este sentido, la cruz pone en crisis la perspectiva del éxito como garantía de verdad. Esto significa que el rostro de un Dios crucificado nos obliga a cuestionar continuamente las imágenes que nos hemos formado de él. Por esta razón, la Biblia no permite representar de ninguna manera a YHWH, porque su verdadera y única imagen es el hombre viviente y, para los cristianos, el Viviente que muere en la cruz.

Precisamente por eso, Mateo, en la grandiosa página del Juicio Final, subraya con fuerza la identidad del Juez glorioso con los crucificados de la tierra: «Tuve hambre y me diste de comer, sed y me diste de beber, era forastero y me acogiste, estaba desnudo y me vestiste, enfermo y me visitaste, preso y viniste a verme…». Hasta el fin del mundo, Cristo se dejará encontrar bajo estas apariencias y solo será reconocido por quienes hayan hecho una elección de amor.

Tarde o temprano, toda vida se encuentra ante la encrucijada evocada por Agustín: o se opta por el camino del dominio y la opresión del hombre sobre el hombre, o se elige el camino del servicio. Se trata de la elección prototípica o, si se quiere, de la tentación originaria: la de Adán, sin duda, pero también la de Cristo y la de todo ser humano: o se vive dando primacía a uno mismo y al propio «ego», o se vive dando primacía al rostro de Dios impreso en el rostro del crucificado. La resurrección pasa por un único camino, que es el camino del amor.