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La Semana Santa de la Arquidiócesis de Mérida se transformó en un despliegue de servicio y entrega, donde los seminaristas del Seminario San Buenaventura llevaron el consuelo de la fe a realidades contrastantes. Esta jornada misionera permitió a los futuros pastores encontrarse con el rostro de Cristo en el prójimo, reafirmando que la vocación sacerdotal nace y se fortalece en el contacto directo con las comunidades, especialmente en aquellas donde la geografía o la vulnerabilidad exigen una presencia más cercana y comprometida
Prensa Arquidiócesis de Mérida
(09-04-2026) La reciente Semana Santa en la Arquidiócesis de Mérida no se limitó a los templos, se trasladó al corazón de las comunidades más distantes.

Los seminaristas del Seminario San Buenaventura emprendieron una ambiciosa jornada misionera que abarcó diferentes zonas de la Iglesia merideña.
Esta iniciativa buscó llevar el mensaje de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo a lugares donde la geografía y las dificultades cotidianas desafían constantemente la esperanza del pueblo creyente.
En la Zona Panamericana de Ejido, el seminarista José Antonio Marquina, de la etapa discipular, vivió una jornada de “esfuerzo titánico”.
Con la mirada puesta en las periferias, logró coordinar la atención en cuatro puntos de acción: El Manzano, El Portachuelo, La Calera y El Salado, añadiendo además el acompañamiento de la Pascua Juvenil de Joven Misión de las Obras Misionales Pontificias (OMP).

Marquina relata cómo la madurez pastoral de unos y el entusiasmo renovado de otros crearon un mosaico de esperanza. Para él, el cansancio físico acumulado tras días de planificación y acción fue la prueba tangible de que el servicio por el Reino de Dios es la fuente de la verdadera alegría vocacional.
Esta experiencia en la parroquia Montalbán de Ejido no solo fue una labor litúrgica, sino “un aprendizaje profundo sobre la cura de almas”.
Al observar la devoción popular que sostiene a las familias en las zonas más apartadas de la ciudad, José Antonio reafirmó que la misión más urgente de la Iglesia es acompañar los procesos de fe de la gente sencilla.
En sus palabras, “el corazón del futuro pastor aprende a latir al ritmo del pueblo de Dios, encontrando en la organización comunitaria y en la piedad de los jóvenes” una confirmación de su llamado al discipulado.

Por otro lado, la montaña impuso sus propios retos a José Gregorio Rojas, de la etapa configurativa, quien emprendió un viaje de “nervios de acero” hacia la comunidad de El Quinó.
Tras seis horas de camino y un ascenso vertiginoso entre lodo y piedra, la tensión del viaje se disolvió en un paisaje que parece detenido en el tiempo.
Allí, donde la bota de goma es el uniforme de la humildad, José Gregorio descubrió que la seguridad no reside en el vehículo, sino en la confianza absoluta en la Gracia del Señor, permitiendo que el silencio de la altura hablara más fuerte.
En El Quinó, Rojas encontró lo que describe como una “reserva natural de fe”.
La transparencia de su gente y la pureza del aire se convirtieron en el refugio perfecto para vivir una Semana Santa centrada en lo esencial: el encuentro humano y la unión familiar.
Al compartir el barro y los senderos con la comunidad, el seminarista comprendió que la intención del misionero se mide en su disposición para caminar al mismo paso del otro. Esta experiencia le recordó que, al despojarnos de las distracciones de la ciudad, solo queda la capacidad humana de creer y compartir con nobleza.

Ambas historias, aunque separadas por kilómetros y climas distintos, convergen en una misma verdad: la Iglesia de Mérida está viva y camina con su gente.
Los testimonios de José Antonio y José Gregorio son una muestra de que el Seminario Arquidiocesano no solo prepara académicamente, sino que forma pastores con “olor a oveja”, capaces de encontrar en cada rincón de nuestra geografía una oportunidad para sembrar la semilla del Evangelio.