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Pbro. Dr. Ramón Paredes Rz
(19-04-2026) El tema del domingo:
Las lecturas de este tercer domingo de Pascua podrían resumirse en la dialéctica entre los proyectos humanos —confinados entre lo ya previsto y el miedo a lo nuevo— y el proyecto de Dios, que recapitula las contradicciones de los pueblos y de las personas en un gran designio salvífico, cuya plenitud de sentido es Cristo Jesús.
La historia del hombre de Nazaret descrita en los Hechos y la de los dos peregrinos de Emaús retratada en el Evangelio dan testimonio de una sabiduría divina que nos precede y nos acompaña por los tortuosos caminos de la vida.
El Evangelio: Lc 24,13-35: El camino de los dos peregrinos hacia Emaús, en el crepúsculo de la Pascua, nos representa. No tanto porque se trate de dos discípulos desconocidos —y, por lo tanto, más idóneos para simbolizar a todos los seguidores de Cristo de las diferentes generaciones—, sino sobre todo por su camino de decepción y dificultad para reconocer a Cristo… Un camino que se asemeja tanto a la experiencia de los creyentes de ayer y de hoy. El relato comienza con la partida de los dos.
Al marcharse de Jerusalén, se alejan del acontecimiento pascual, del misterio de Cristo, de la comunidad con la que habían creído y esperado. «Habíamos esperado», dirán más adelante, y el imperfecto griego —que conjuga la esperanza en pasado— representa intensamente la espera incesante, los sueños, los proyectos de un acontecimiento impactante y liberador que nunca llegó a producirse.
La muerte de Jesús había puesto fin a sus esperanzas de una restauración nacional, que habría expulsado a los enemigos ocupantes, devolviendo a Israel la soberanía nacional. De repente ocurre lo inesperado: alguien se acerca y comienza a caminar con ellos, pero sus ojos están nublados.
La dinámica del relato y el vocabulario utilizado ponen de manifiesto que la aparición de este forastero no se percibe como una aparición. Se trata de un caminante, como ellos.
A la luz de la experiencia de fe vivida por tantos personajes del Antiguo Testamento, y con una mirada menos empañada por la decepción, habría sido posible reconocer la identidad del forastero.
Al fin y al cabo, tras la muerte, el rostro de Cristo siempre aparece a contraluz: en la precariedad de un forastero, en el lamento de un enfermo, en el grito de un desesperado… Pero los dos estaban demasiado preocupados, encerrados en sus planes frustrados, como para darse cuenta del otro.
La pregunta de Jesús contiene un verbo que expresa su estado de ánimo mejor que cualquier descripción: ¿qué cosas se «reprochaban» el uno al otro durante el camino? El verbo griego anti-ballô significa lanzarse contra, replicar, y es significativo que Lucas lo utilice para describir una situación de división que no solo se manifestaba en su lejanía de Jerusalén y de la comunidad, sino también en su relación mutua.
Una situación sin esperanza. De repente, Jesús toma las riendas de la situación y comienza a explicarles los acontecimientos a la luz de las Escrituras.
La insistencia de Lucas en la Palabra, como clave para comprender la historia, encuentra aquí uno de sus momentos más fecundos: «¡Oh, insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que han dicho los profetas! ¿No tenía que sufrir el Cristo estas cosas y así entrar en su gloria?».
El hombre acude a Dios con sus proyectos, sus lamentos y sus decepciones… Dios escucha su historia y le remite a la única luz que puede iluminar el sentido del camino: el acontecimiento pascual, plenitud de las Escrituras, en el que todo adquiere una nueva dimensión y una nueva esperanza.
La intención de Lucas no es culpar a los dos discípulos de Emaús, porque, al fin y al cabo, la Palabra es frágil y escucharla es difícil. Y, sin embargo, la provocación es clara: la clave de la existencia no está guardada en el cofre de oro de la prueba, sino en el misterio de una Palabra que pide ser acogida y fecundada. Sin ser plenamente conscientes de ello, los dos peregrinos escuchan, no obstante, la voz del viajero, abren la puerta y cenan con él (cf. Ap 3,20).
«Quédate con nosotros porque ya es tarde» no es solo un bonito gesto de hospitalidad oriental, sino también la pregunta que todo creyente hace suya, en el momento en que avanza la oscuridad y el deseo de una Presencia se vuelve apremiante. El punto culminante del relato se sitúa en torno a la mesa. Lucas subraya con insistencia que Jesús «entró para estar “con ellos” y que, mientras estaba sentado a la mesa “con ellos”, tomó el pan, lo bendijo y, tras partirlo, se lo dio a “ellos”».
Es una invitación evidente a todos los lectores cristianos (¡ellos!) a reconocer en el banquete eucarístico el signo por excelencia de la presencia de Cristo. En la Eucaristía está la fuente de la novedad pascual. Los ojos, por fin abiertos, pueden ahora reconocer el río de vida que fluía bajo una historia cubierta de hielo.
La última provocación de Lucas, según la cual, en el momento del reconocimiento, Jesús se hizo invisible ante ellos, es una invitación a reconocer al Resucitado en los escabrosos caminos de la vida y a celebrar la Eucaristía en las polvorientas carreteras de la historia. Porque el altar está allí, donde late el corazón de los seres humanos.