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Mérida dio último adiós al padre Luis Enrique Bejarano

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La Santa Misa Exequial fue presidida por monseñor Helizandro Terán, arzobispo metropolitano de Mérida, y concelebrada por sacerdotes del clero merideño. Durante la celebración, la Iglesia local agradeció la vida y el ministerio sacerdotal de quien dedicó sus años al servicio de Dios y de las comunidades que le fueron encomendadas

Prensa Arquidiócesis de Mérida

(05-09-2026) Con sentimientos de profunda fe, gratitud y esperanza cristiana, la Arquidiócesis de Mérida despidió al Padre Luis Enrique Bejarano. La Santa Misa Exequial se realizó en la Iglesia Nuestra Señora del Rosario.

La Eucaristía fue presidida por monseñor Helizandro Terán, arzobispo metropolitano de Mérida, y concelebrada por sacerdotes del clero merideño, en presencia de familiares, amigos y fieles de las distintas comunidades parroquiales donde el padre Luis Enrique ejerció su ministerio.

Antes del inicio de la celebración eucarística, se llevó a cabo la lectura de acuerdos y diversas manifestaciones de afecto por parte de parroquias y comunidades donde el sacerdote hizo su vida religiosa.

A través de estos mensajes se recordó su cercanía, entrega pastoral y la huella que dejó en quienes compartieron junto a él el camino de la fe.

Los signos de su ministerio sacerdotal

Al inicio de las exequias, sobre el féretro fueron colocados los ornamentos sacerdotales y el Libro de los Evangelios, como signos propios de la despedida de un sacerdote.

Los ornamentos evocan el ministerio que ejerció al servicio del altar y del Pueblo de Dios, mientras que el Libro de los Evangelios recuerda la Palabra que proclamó y anunció durante su vida sacerdotal.

Estos signos expresaron, de manera especial, la profunda unión entre la vocación del sacerdote, el altar y el Evangelio que está llamado a servir.

Durante su homilía, monseñor Helizandro Terán reconoció que la muerte de un ser querido siempre confronta al ser humano con el misterio de la vida, pero que la partida de un sacerdote toca profundamente a la comunidad eclesial.

Recordó que, en esta celebración, la Iglesia no solo despedía a un hombre, sino también a un pastor y a un ministro que entregó su vida para que otros encontraran vida en abundancia.

El arzobispo destacó el profundo significado del lugar donde se celebraban las exequias: el altar. Allí donde tantas veces el padre Luis Enrique estuvo de pie para celebrar el sacrificio de la Eucaristía, su cuerpo era presentado ahora ante el Señor, como un signo que recuerda la entrega de toda una vida sacerdotal.

La muerte como paso hacia la vida eterna

En su reflexión, monseñor Terán explicó que la muerte, desde la fe cristiana, no puede ser comprendida únicamente como un hecho biológico, sino como un misterio iluminado por la Pascua de Cristo.

La muerte de Jesús en la cruz, recordó, desembocó en la Resurrección y abrió para todos los creyentes el camino hacia la vida que no termina.

Por ello, la muerte cristiana no representa un absurdo ni es el fin del discurso. Por el contrario, se convierte en la Pascua definitiva: el paso hacia la vida eterna y la plena comunión con Dios.

Al referirse a las palabras de San Pablo, el arzobispo recordó que, desde el Bautismo, el cristiano está unido a la muerte y resurrección de Cristo. La vida se convierte así en un camino constante de conversión, de morir al pecado y al hombre viejo, para configurarse cada vez más con el Señor.

En este sentido, señaló que la muerte física representa la culminación de ese camino de purificación y transformación en Cristo.

«La vida del padre Luis Enrique se entiende desde una palabra: vocación».

Uno de los momentos centrales de la homilía estuvo dedicado a recordar la vocación sacerdotal del padre Luis Enrique Bejarano.

Monseñor Helizandro Terán expresó que su vida podía comprenderse a la luz de una palabra fundamental: vocación.

Un día, recordó, el sacerdote escuchó el llamado del Señor y respondió con generosidad, dejando sus propios proyectos para convertirse en pescador de hombres.

El arzobispo subrayó que el sacerdocio no es simplemente un oficio o una profesión, sino una profunda y misteriosa configuración con Jesucristo.

A través de las manos del sacerdote, el pan y el vino son presentados en la Eucaristía; mediante su ministerio, muchos fieles encuentran el perdón y la reconciliación; y a través de su presencia pastoral, el sacerdote acompaña a los enfermos, consuela a quienes sufren y permanece junto a su pueblo en los momentos más importantes de la vida.

En ese sentido, recordó la imagen del sacerdote como un puente entre el cielo y la tierra: un hombre tomado de entre los hombres para servirles en las cosas de Dios.

También evocó las palabras de San Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars, quien definía el sacerdocio como «el amor del corazón de Jesús».

Durante la homilía se recordó que el Padre Luis Enrique, como todo ser humano, vivió su ministerio con sus virtudes y también con las fragilidades propias de la condición humana.

Sin embargo, en medio de su historia y de su caminar sacerdotal, procuró hacer visible el amor de Cristo y ejercer la paternidad espiritual que conduce a los hijos de Dios hacia la eternidad.

Monseñor Terán recordó las palabras de San Pablo: «Si vivimos, vivimos para el Señor; y si morimos, morimos para el Señor», aplicándolas a la vida del sacerdote que hoy la Iglesia merideña encomienda al Padre.

Con esperanza en la Resurrección, invitó a imaginar al padre Luis Enrique entrando en la casa del padre, revestido ya con la túnica blanca de los salvados y acogido por el Señor como un siervo fiel.

Al mismo tiempo, la comunidad fue invitada a elevar sus plegarias por el eterno descanso de su alma y a pedir perdón por las faltas y debilidades que pudieron formar parte de su vida terrena, reconociendo que todo sacerdote lleva el tesoro de la gracia en la fragilidad de su humanidad.

Al finalizar su reflexión, monseñor Helizandro Terán expresó su cercanía y abrazo fraterno a los familiares del presbítero Luis Enrique Bejarano.

Asimismo, agradeció a las distintas comunidades parroquiales donde el sacerdote prestó su servicio pastoral y las invitó a mantener vivo su legado de fe y cercanía con el Pueblo de Dios.

De manera especial, dirigió unas palabras a los sacerdotes presentes, exhortándolos a renovar su propio «sí» permanente al Señor, teniendo presente el testimonio de quien hoy les precede en el camino hacia la Casa del Padre.

Finalmente, encomendó el alma del Padre Luis Enrique a la intercesión de la Santísima Virgen María, Madre de la Iglesia y Madre de los sacerdotes, pidiendo que lo acompañe hasta el umbral de la eternidad y lo presente ante el Señor de la vida.

Tras la celebración de la Misa Exequial, los restos mortales del Padre Luis Enrique Bejarano fueron trasladados hacia el Santuario Santísima Trinidad de Pueblo Llano, donde se llevó a cabo el rito de sepultura e inhumación.

Así, entre oraciones, lágrimas, recuerdos y la esperanza firme en la Resurrección, Mérida despidió a uno de sus sacerdotes, dando gracias a Dios por su vida, su vocación y los años que dedicó al servicio de la Iglesia.

«Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá» (Jn 11, 25).

Descanse en paz, Pbro. Luis Enrique Bejarano.