Visitas: 3
La Arquidiócesis de Mérida avanza en la restauración integral de la Catedral Basílica Menor de la Inmaculada Concepción. Con obras ya concluidas y una segunda fase en marcha, el templo es hoy un símbolo vivo de fe, patrimonio y comunidad
Prensa Arquidiócesis de Mérida
(29-05-2026) La historia de la Catedral Basílica Menor de la Inmaculada Concepción es un relato de resiliencia, fe y compromiso colectivo; su etapa más reciente es la de la restauración y consolidación de ese legado como espacio espiritual y cultural.
Tras décadas de servicio litúrgico y social, el templo comenzó en 2024 un proceso de rehabilitación profunda cuyo propósito no es solo reparar materiales, sino recuperar la dignidad y presencia sagrada del lugar donde generaciones de fieles han expresado su fe y esperanza.

Este proceso, que combina pericia técnica, memoria histórica y espíritu comunitario, ha sido articulado por la Arquidiócesis de Mérida con equipos especializados, académicos, profesionales del patrimonio y la participación de quienes sienten la Catedral como suya.
Plan 465: Restaurar la memoria de una ciudad
El proyecto se ha desarrollado bajo el nombre de Plan 465, en referencia a los 465 años de historia de la ciudad de Mérida.
Al asumir la necesidad de esta intervención, las autoridades eclesiales dejaron claro que no se trata simplemente de arreglar un edificio, sino de cuidar un recinto de fe que forma parte de la memoria colectiva de los merideños.
En la primera etapa, los trabajos se centraron en la impermeabilización de techos, la rehabilitación de cubiertas, la sustitución de tragaluces y la restauración de vitrales centrales y elementos ornamentales.

Esta fase permitió abordar los daños causados por la humedad y las filtraciones prolongadas que, con el paso del tiempo, habían comprometido seriamente partes de la infraestructura del templo.
El arzobispo metropolitano, monseñor Helizandro Terán, ha expresado en distintos balances que estas reparaciones permiten recuperar espacios sagrados donde los fieles se congregan para vivir su fe, y que la Catedral, aun siendo patrimonio arquitectónico, es esencialmente un lugar vivo de encuentro espiritual.
Obras concluidas: señales visibles de un proceso en marcha
Una de las acciones más emotivas de esta primera etapa fue la restauración y reinstalación de la Santa Cruz que corona la Catedral.
Originalmente instalada en 1958, la cruz fue retirada para su tratamiento y protección especial y colocada nuevamente en diciembre de 2024.
Este gesto, visual y simbólico, representó no solo la culminación de un trabajo técnico, sino la reafirmación de la fe que habita en cada piedra y en cada detalle arquitectónico del templo.

La cruz restaurada, vista una vez más sobre la cúpula de la Catedral, se convirtió en un signo de esperanza para los feligreses: recuerda que esta obra, aunque hecha de materiales humanos, es un espacio donde lo sagrado se encuentra con lo cotidiano.
Estas obras ya terminadas no son el fin del proceso, sino la prueba de que el compromiso es real y sostenido.
A finales de mayo de 2026, la arquidiócesis inauguró en el Museo Arquidiocesano de Mérida la exposición temporal «El Cielo en la Tierra», una muestra que presenta parte de las imágenes, piezas de arte sacro y trabajos de restauración ejecutados en la Catedral.
La exposición, abierta al público hasta noviembre, forma parte de la Primera Fase de Intervención de Arquitectura y Arte Sacro del Plan de Gestión Patrimonial del Monumento Nacional, y permite que la comunidad contemple de cerca los frutos concretos de este esfuerzo colectivo: piezas de imaginería religiosa, elementos arquitectónicos y procesos de conservación preventiva que durante años permanecieron resguardados.
La segunda fase: reconstruir desde la profundidad
A finales de 2025 y principios de 2026 se activó la segunda fase de restauración, centrada en áreas del templo que presentaban problemas más complejos debido a la exposición prolongada a la humedad, el paso del tiempo y deterioros acumulados.
La arquitecta Yasmira Belandria, quien forma parte del equipo técnico, explicó que esta intervención contempla la restauración de cornisas y sistemas de drenaje, con limpieza y remoción de plantas parásitas que dañaban muros y frisos; la rehabilitación de revestimientos de granito martillado, deteriorados por los años y las condiciones ambientales; y la aplicación de procedimientos especializados de conservación para evitar la afectación progresiva de las estructuras originales.

Belandria destacó la importancia del equipo multidisciplinario constituido por técnicos, obreros, ingenieros y especialistas, que ha sido fundamental para avanzar con criterio y respeto profundo por el valor histórico y espiritual del templo.
Esta etapa incluye la restauración del lateral de la Catedral conocido como calle de los Obispos (calle 22), donde se concentra uno de los deterioros más visibles a causa de filtraciones y acumulación de vegetación sobre las superficies de piedra.
La intervención ha sido planificada cuidadosamente para preservar el carácter patrimonial del templo sin alterar el sentido sagrado del espacio.
En enero de 2026 se informó que en esta segunda fase hay 38 frentes de trabajo activos, con un equipo entre obreros, ingenieros y especialistas en patrimonio, todos trabajando de forma continua para atender los aspectos más delicados de la intervención, incluyendo la adecuación de la cúpula central en fases sucesivas.
Esta presencia humana organizada y dedicada simboliza la voluntad de una comunidad que cuida lo que considera suyo, no solo por su belleza, sino por su significación espiritual.
Un proceso vivido también desde la comunidad
La restauración del templo no ha sido un mero trabajo de albañilería, sino una experiencia vivida desde la comunidad eclesial.
En marzo de 2024, un incidente obligó a una revisión general: un elemento decorativo se desprendió de una columna alta en la nave, cayendo cerca de la nave central.
El padre José Gregorio Méndez, párroco de la Catedral y vicario general, detalló que ese hecho impulsó una revisión de 18 adornos arquitectónicos para verificar su estado y reforzarlos donde fuera necesario, todo sin detener las actividades litúrgicas ni las celebraciones programadas para la Semana Santa.
Este cuidado pastoral frente a situaciones técnicas delicadas muestra cómo la restauración se vive también como un acto de custodia espiritual, donde la seguridad del templo y de sus fieles es una prioridad que se entrelaza con el valor sagrado del edificio.

Aunque las intervenciones han requerido zonas de trabajo y accesos restringidos en ciertos momentos, la Catedral ha continuado siendo espacio de culto y encuentro espiritual.
Misiones, sacramentos y actos de piedad popular no se han interrumpido, adaptándose a las necesidades de seguridad y de asistencia pastoral.
Esta convivencia entre la restauración física y la vida litúrgica que sigue su curso es quizá uno de los aspectos más hermosos de este proceso: la Catedral no es solo un monumento que se conserva, sino una obra de fe que se sigue habitando y celebrando.
Los trabajos que hoy avanzan buscan dejar una catedral no solo más firme en su estructura, sino también más coherente con su destino espiritual.
Las labores no solo atienden problemas estructurales, sino que incorporan mejoras que prolongarán la vida útil del templo: la aplicación de impermeabilizantes y materiales de protección busca mitigar daños futuros, y la recuperación de cornisas y drenajes garantiza que el agua no vuelva a filtrarse en profundidad, evitando así nuevas afectaciones a muros y ornamentación.

Si la historia temprana de la catedral fue un relato de precariedad, reconstrucciones y exigencias del tiempo, su historia reciente es la de un cuidado consciente y un esfuerzo por preservar lo sagrado.
La restauración hasta 2026 no solo recupera mampostería, techos o vitrales: restaura también la dignidad de un lugar que ha servido por siglos para la oración, el consuelo y la comunidad cristiana.
La Catedral Basílica Menor de la Inmaculada Concepción de Mérida sigue siendo, hoy más que nunca, casa del Pueblo de Dios en los Andes venezolanos: un refugio de fe, memoria e identidad para los fieles de hoy y de mañana.